Alfredo Torres

Desplazamientos simbólicos, persistencia del signo

Alfredo Torres

Los signos aparecen en la pintura de Manuel Aguiar de manera constante. Incluso persistente. Siempre, de una manea u otra, esos signos funcionan como huellas de renovadas narraciones simbólicas. Ante estos presupuestos creativos, parece importante precisar la diferencia entre símbolo y signo.

El signo remite, por traslación, a un cierto elemento, a un suceso, a una acción. Por convención aceptada, representa o sustituye. También da indicios, señala. Como se dijo, tiene valor de huella. La palabra símbolo, en cambio, como modo de dar forma, alguna manera hacer visible, un pensamiento o una idea. Generando metáforas sobre seres, reales o míticos, y sucesos.

El signo, a la vez cercano y distante, posee la capacidad de producir significado. En su génesis se encuentra la semejanza, real o imaginaria, con lo que se pretende significar. El símbolo, entonces, no significa. Es la representación alusiva de un significado, una idea, recurriendo a rasgos reconocibles dentro de una cierta identidad social y cultural. El signo es una herramienta capaz de decir. En cierta medida, el símbolo es una especie de signo sin semejanzas evidentes ni contactos ostensibles. Solamente establece un vínculo claro entre su poder significante y su acción denotativa, es decir, expresiva.

Primero y de manera singularmente personal, es preciso reconocer ese rasgo. Manuel Aguiar, en tanto alumno del Taller Torres García, se deja seducir por los símbolos arquetípicos que pueblan la imaginería del referido taller. Había ingresado en 1944 con solo diecisiete años. Permanece, con la interrupción debida a varios viajes, hasta 1958, fecha aproximada de una distancia causada por una creciente inquietud de abrir caminos personalizados. Hasta entonces, ese simbolismo de raíces clásicas, ese afán de establecer una estrecha comunión del ser humano con el universo, fluye sutilmente en sus primeras pinturas, en sus delicados dibujos. Y aparece también todo un consecuente repertorio sígnico. Conviene recordar que los cimientos de la teoría  torresgarciana, según lo expresase el propio maestro, se encontraban en la presencia de la estructura; luego de la geometría, luego en el signo como transferencia de un objeto o de una forma y finalmente, del espíritu. Este rango espiritual, inevitablemente, trasciende al nivel simbólico.

Más allá de la cercanía con estos preceptos, el artista, en su obra constructiva, uno de los tres momentos que esta antología revisa, comienza a manifestar un temperamento de búsquedas decididamente personales. En él se manifiesta una atmósfera de sutiles acentos poéticos manejados con creciente singularidad. Tanto en las obras más cercanas a una posible abstracción de encuadre geométrico o nutridamente sígnica, como en sus obras más figurativas: paisajes y naturalezas muertas de una gracia compositiva casi musical. Intensidades poéticas que toman distancia de otras autorías del taller. De la levedad de un Augusto Torres, por ejemplo, el lirismo de un José Gurvich, la cálida aspereza de un Francisco Mattos.

conjugación, unión. Anudada, fortaleza. El hueco, el orificio, acceso a lo imprevisible, a lo ignorado, una especie de incitación a la desarticulación, posible o imposible, de lo secreto.

De la misma manera, ninguna forma de realidad es independiente, todas sus factibles formas se relacionan de imprevisibles modos. Cuando se usa el término realidad es preciso aclarar, sobre todo en las imágenes instrumentadas por Manuel Aguiar, que no refiere a lo convenido en aceptar como realidad física cotidiana, a una realidad banal, fácilmente accesible. Se trata, más adelante se profundizará en esta cuestión, de otras realidades, afectivas, espirituales, míticas. Realidades que escapan a los lastres descriptivos y que buscan trascender hacia otras esencialidades de lo humano. Lo cuantitativo se transforma en cualitativo gracias a la selección de recursos relativos a la sintaxis formal elegida por el artista.

Tales recursos, como plantea Cirlot, se desentienden de la cantidad, en tanto sumen para la transformación cualitativa, consoliden el tránsito desde lo meramente numérico hacia la riqueza del significado. Pueden ser varios elementos sígnicos o simbólicos, como en las obras que muestran la acumulación constructiva. Puede ser la sonoridad rítmica de unos pocos gestos de reminiscencias caligráficas, de acentos orientales. Pueden ser manchas melodiosas, colores apacibles o suavemente conmovedores. O puede ser apenas el juego despojado de una cuerda que viborea en torno a una mancha estructurando la composición, o que se compensa con la ruptura de un calado.

Todo es serial, dentro de cada período y en los nexos sutiles o manifiestos entre cada uno de ellos. El espectador atento, interesadamente cuidadoso, verifica que un rectángulo de bordes redondeados reaparece en distintas fechas. Una letra, alusiones a lo genital, una especie de flecha o una simple figura geométrica. También, en esos períodos, existen correlaciones de situación entre las diversas series, y de sentido entre esas series. Y existen correlaciones, dentro de cada una de ellas, de los elementos que las integran. Quizás, el requerimiento doctrinario torresgarciano que reclama la estrecha unidad del ser humano con el universo renace en el concepto de pensamientos filosófico religiosas orientales, en especial, del sufismo.

Dicha disciplina se plantea como una experiencia vital. De manera diferente también propone una imbricada unidad entre ciertas verdades esenciales, el discurrir del tiempo, un sentido espiritual superior. Hábito que debe ser concebido como una constante renovación, evitando la quietud limitativa del encuadre meramente religioso y/o cultural aferrado a un pasado inmutable. El sufismo piensa que en todos los aspectos humanos se establece una profunda unidad. Ya sea en una determinada comunidad, en una peripecia individual, en un sistema ecológico, en todo el universo. Aceptando la posibilidad de una verdad, esa verdad es impensable sin que el hombre forme un todo indivisible con ella.

Si se admite, aun en sus imágenes más presuntamente herméticas, que el arte abre ventanas hacia una pluralidad de realidades, desde la cotidiana a la filosófica, desde la autorreferente a la testimonialmente crítica, desde la individual a la colectiva, Manuel Aguiar ofrece en todos los momentos revisados formas conjugadas, adyacentes, de realidades ajenas a la corrección anecdótica convencional. Realidades plenas en su intención de abrir horizontes impensados.

La teórica húngaro-argentina Marta Zátonyi ha definido con notable precisión esa diversidad de lo real ofrecida por el ejercicio artístico: Otra vez surge la pregunta sobre cuál realidad debe ser reflejada y construida en el arte. Tal vez la pregunta está mal hecha, pues es errónea la construcción de esta disyuntiva: o esto o aquello. O existe una realidad total, una realidad más allá del sujeto, o infinitas realidades construyen la realidad paradigmática, es decir, socialmente considerada como tal. Las realidades fragmentos propias del sujeto tienen que abastecerse de esta realidad convenida que, a su vez y al mismo tiempo, se enriquece de ella. El arte recorre esta dinámica, ahí está su rol, reflejar y construir una realidad accesible, excepcional, eufórica o convencional, la que sea, construir maneras de acceder al conocimiento de situaciones no vividas por el individuo asumiendo la multiplicidad y la riqueza infinita de la realidad. 2

Manuel Aguiar cumple de manera impecable con ese ejercicio recíproco. Partir de la realidad convenida para descubrir otros pliegues, otras fragancias, desentendidas de lo aparente, lo exterior, enraizadas en la singular riqueza de lo interior. Lo hace esencialmente, mediante una vigorosa intuición creadora, mediante una porfiada percepción sensible. Intuir, percibir sensiblemente es una forma casi inexplicable del conocimiento, de la peripecia vital, sobre todo, de la memoria.

Intuir es recordar; por eso la experiencia es la maestra de la intuición; esta no es solo una forma especializada del recuerdo. Su meta es encontrar en los distintos bordes de esta vida caótica un patrón común. 3

Desde ese fundamento, la intuición le permite conservar la lozanía de sus desplazamientos simbólicos y la emergente persistencia de los signos. Una intuición que no trasiega por lo inexplicable o lo azaroso. Reiteradamente investiga y explora. Ata y desata las estrategias de lo posible, de cada presupuesto creador. Intuición que construye y destruye constantemente.

Que descubre o rechaza. Que profundiza, se empeña en trascender el mero hallazgo.

Alfredo Torres

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1. Cirlot, Juan Eduardo: Diccionario de símbolos, Madrid: Ediciones Siruela, 2007.
2.Zátonyi,Marta:Juglaresytrovadores: derivasestéticas,Buenos Aires:CapitalIntelectual, 2011.
3. de Santis, Pablo: El enigma de París, Buenos Aires: Editorial Planeta, 2007.